
La historia trágica de un padre que quería ver a su hijo ser un gran futbolista. Y son tantas.
El "Carlitos" estaba destinado a ser una sola cosa en su vida: futbolista, y de más está decir, hombre. Cualquier otra cosa no hubiera sido viable. Ya desde antes de nacer parecía que había un mandato (y no precisamente de Dios) porque toda la ropita era de varón, las pelotas de fútbol se amontonaban junto a las pistolas de juguete y el cuarto para alojar a la criaturita por venir estaba embadurnado de celeste heladera vieja. En esa época no existían las ecografías ni nada por el estilo así que tanta seguridad metía un poco de miedo. Más teniendo en cuenta que en el fondo de la humilde casa existía un aljibe que bien podía ser usado como excusa de un desafortunado accidente en caso de que el bebé no tuviera lo que tenía que tener entre las piernas. Así que el día que nació Carlitos fue un gran día para la familia Fernández. El padre se mamó hasta las patas, sacó el 38 y tiró al aire hasta que vinieron los milicos de la comisaría más cercana a tratar de tranquilizarlo y convencerlo de que faltaba mucho todavía para que su hijo la amasara como el mejor número 10 del mundo, valiera millones y saliera campeón del mundo.
Lo primero que hizo su padre ni bien recuperó la cordura fue, por supuesto, hacerlo socio del club de sus amores y comprarle una camiseta con la número 10. Sus primeros intentos de pasos fueron acompañados por una pelota que tenía que patear con cada pasito que daba y a la hora de la comida, lo único que veían sus ojitos eran interminables partidos de fútbol en la tele. No fue de extrañar entonces que el Carlitos, ni bien cumplió la edad necesaria, fuera anotado en los cebollitas del barrio, el "Fulminante Rojo", se llamaba el cuadrito. El Carlitos y su papá iban así todos los días de práctica y los domingos de partido a darle cada uno a lo suyo. Carlitos por un lado a intentar embocarle a la pelota y el padre a putearlo, animarlo cuando metía una bien y a tomar caña con los otros padres esperanzados con que el nene propio hiciera las cosas bien. Era hasta enternecedor verlos los domingos de invierno cruel relajando a los pobres árbitros, gritándoles cualquier disparate a sus pobres hijos y tratando de convencer al Director Técnico en los entretiempos de que la estrategia era una cagada y que mejor había que poner a tal o cual.
Paso el tiempo y a fuerza de tanta pelota, el Carlitos fue mejorando y al padre casi le viene su primer infarto futbolístico (ya había tenido otros pero no de tanta importancia) cuando un dirigente de un club importante se acercó a conversar con él sobre el futuro que el chico podría tener en la institución. Un buen contrato para empezar, un apartamento en la capital que compartiría con otros posibles talentos y, si las cosas se daban, hasta la oportunidad de foguearse en primera. Fue demasiado, tuvieron que llamar a la emergencia móvil ante la incredulidad del Carlitos y del dirigente, pero de a poco los sueños se empezaban a cumplir. Así que el Carlitos se encontró de golpe y porrazo practicando con la tercera de uno de los equipos más importantes de la capital. No lo hizo nada mal, y a fuerza de goles y pases precisos se hizo un lugar primero como suplente y luego como titular en el equipo de primera división. Así llegaron los autos último modelo, las mujeres fáciles y la cumbia de primera calidad. Carlitos finalmente se pudo comprar un apartamento en la avenida principal de la capital y era el ídolo máximo de la hinchada. Su manager, preocupado porque tanto éxito repentino le fuera a quitar concentración, se ocupó de conseguirle una buena novia para que se casara y formara un hogar.
Su primer clásico fue imponente, metió dos goles y su equipo ganó por goleada, a su viejo se le rompieron dos arterias más pero, ¡qué importaba! Lo habían venido a ver unos dirigentes de Italia y el pase era casi una fija. En el humilde pueblito volvieron a escucharse disparos al aire, esta vez tirados a través de la ventana, porque el viejo, de la felicidad, había quedado tirado en la cama y tomando pastillas para el corazón.
El contrato se firmó entonces y el Carlitos estaba listo para viajar a Italia, a uno de los clubes más importantes del mundo. Su viejo lo vio partir desde su silla de ruedas con lágrimas de emoción rumbo a su rutilante y millonario destino. Llegó el día de la conferencia de prensa donde se iban a presentar las nuevas figuras de la poderosa "squadra". Las cámaras estaban listas, los periodistas se apiñaban para conocer la palabra de los nuevos jugadores y de los dirigentes, el mundo entero estaba expectante, incluido el padre de Carlitos que estaba prendido a la tele con el alma en vilo. Sin embargo la conferencia se demoraba, y mientras los otros jugadores ya estaban listos, su hijo no aparecía. En eso, sucedió lo impensable, se armó un gran revuelo en la sala de conferencias, algunos exclamaban barbaridades en italiano, la gente se cruzaba por delante de las cámaras, era un desastre y nadie podía ver nada. El padre de Carlitos movía la cabeza de un lado a otro como si pudiera esquivar a los que se atravesaban delante del lente, hasta que finalmente todo volvió a un relativo orden y se pudo ver, sentada frente al micrófono, a una rubia despampanante con unos pechos que quitaban el aire. El padre de Carlitos no podía darse cuenta, pero encontraba cierta familiaridad en esa rubia italiana que había irrumpido en la conferencia, hasta que comenzó a hablar. Era su hijo, que explicaba que toda su vida había esperado por esta oportunidad para realizar su sueño, que no era ser un gran jugador de fútbol, sino ponerse un par inmenso de siliconas, y no para pararla de pecho, precisamente.
Fue un día triste en el pueblito, llovía. Y al entierro del padre de Carlitos apenas asistieron un par de viejos amigos y un perro que siempre andaba en la vuelta por el cementerio, viendo si podía hacerse de algún huesito.
Por Capitán Porkus ®
Aka Lucio Etchamendi
AKA: El terrorista más trucho del mundo
El "Carlitos" estaba destinado a ser una sola cosa en su vida: futbolista, y de más está decir, hombre. Cualquier otra cosa no hubiera sido viable. Ya desde antes de nacer parecía que había un mandato (y no precisamente de Dios) porque toda la ropita era de varón, las pelotas de fútbol se amontonaban junto a las pistolas de juguete y el cuarto para alojar a la criaturita por venir estaba embadurnado de celeste heladera vieja. En esa época no existían las ecografías ni nada por el estilo así que tanta seguridad metía un poco de miedo. Más teniendo en cuenta que en el fondo de la humilde casa existía un aljibe que bien podía ser usado como excusa de un desafortunado accidente en caso de que el bebé no tuviera lo que tenía que tener entre las piernas. Así que el día que nació Carlitos fue un gran día para la familia Fernández. El padre se mamó hasta las patas, sacó el 38 y tiró al aire hasta que vinieron los milicos de la comisaría más cercana a tratar de tranquilizarlo y convencerlo de que faltaba mucho todavía para que su hijo la amasara como el mejor número 10 del mundo, valiera millones y saliera campeón del mundo.
Lo primero que hizo su padre ni bien recuperó la cordura fue, por supuesto, hacerlo socio del club de sus amores y comprarle una camiseta con la número 10. Sus primeros intentos de pasos fueron acompañados por una pelota que tenía que patear con cada pasito que daba y a la hora de la comida, lo único que veían sus ojitos eran interminables partidos de fútbol en la tele. No fue de extrañar entonces que el Carlitos, ni bien cumplió la edad necesaria, fuera anotado en los cebollitas del barrio, el "Fulminante Rojo", se llamaba el cuadrito. El Carlitos y su papá iban así todos los días de práctica y los domingos de partido a darle cada uno a lo suyo. Carlitos por un lado a intentar embocarle a la pelota y el padre a putearlo, animarlo cuando metía una bien y a tomar caña con los otros padres esperanzados con que el nene propio hiciera las cosas bien. Era hasta enternecedor verlos los domingos de invierno cruel relajando a los pobres árbitros, gritándoles cualquier disparate a sus pobres hijos y tratando de convencer al Director Técnico en los entretiempos de que la estrategia era una cagada y que mejor había que poner a tal o cual.
Paso el tiempo y a fuerza de tanta pelota, el Carlitos fue mejorando y al padre casi le viene su primer infarto futbolístico (ya había tenido otros pero no de tanta importancia) cuando un dirigente de un club importante se acercó a conversar con él sobre el futuro que el chico podría tener en la institución. Un buen contrato para empezar, un apartamento en la capital que compartiría con otros posibles talentos y, si las cosas se daban, hasta la oportunidad de foguearse en primera. Fue demasiado, tuvieron que llamar a la emergencia móvil ante la incredulidad del Carlitos y del dirigente, pero de a poco los sueños se empezaban a cumplir. Así que el Carlitos se encontró de golpe y porrazo practicando con la tercera de uno de los equipos más importantes de la capital. No lo hizo nada mal, y a fuerza de goles y pases precisos se hizo un lugar primero como suplente y luego como titular en el equipo de primera división. Así llegaron los autos último modelo, las mujeres fáciles y la cumbia de primera calidad. Carlitos finalmente se pudo comprar un apartamento en la avenida principal de la capital y era el ídolo máximo de la hinchada. Su manager, preocupado porque tanto éxito repentino le fuera a quitar concentración, se ocupó de conseguirle una buena novia para que se casara y formara un hogar.
Su primer clásico fue imponente, metió dos goles y su equipo ganó por goleada, a su viejo se le rompieron dos arterias más pero, ¡qué importaba! Lo habían venido a ver unos dirigentes de Italia y el pase era casi una fija. En el humilde pueblito volvieron a escucharse disparos al aire, esta vez tirados a través de la ventana, porque el viejo, de la felicidad, había quedado tirado en la cama y tomando pastillas para el corazón.
El contrato se firmó entonces y el Carlitos estaba listo para viajar a Italia, a uno de los clubes más importantes del mundo. Su viejo lo vio partir desde su silla de ruedas con lágrimas de emoción rumbo a su rutilante y millonario destino. Llegó el día de la conferencia de prensa donde se iban a presentar las nuevas figuras de la poderosa "squadra". Las cámaras estaban listas, los periodistas se apiñaban para conocer la palabra de los nuevos jugadores y de los dirigentes, el mundo entero estaba expectante, incluido el padre de Carlitos que estaba prendido a la tele con el alma en vilo. Sin embargo la conferencia se demoraba, y mientras los otros jugadores ya estaban listos, su hijo no aparecía. En eso, sucedió lo impensable, se armó un gran revuelo en la sala de conferencias, algunos exclamaban barbaridades en italiano, la gente se cruzaba por delante de las cámaras, era un desastre y nadie podía ver nada. El padre de Carlitos movía la cabeza de un lado a otro como si pudiera esquivar a los que se atravesaban delante del lente, hasta que finalmente todo volvió a un relativo orden y se pudo ver, sentada frente al micrófono, a una rubia despampanante con unos pechos que quitaban el aire. El padre de Carlitos no podía darse cuenta, pero encontraba cierta familiaridad en esa rubia italiana que había irrumpido en la conferencia, hasta que comenzó a hablar. Era su hijo, que explicaba que toda su vida había esperado por esta oportunidad para realizar su sueño, que no era ser un gran jugador de fútbol, sino ponerse un par inmenso de siliconas, y no para pararla de pecho, precisamente.
Fue un día triste en el pueblito, llovía. Y al entierro del padre de Carlitos apenas asistieron un par de viejos amigos y un perro que siempre andaba en la vuelta por el cementerio, viendo si podía hacerse de algún huesito.
Por Capitán Porkus ®
Aka Lucio Etchamendi
AKA: El terrorista más trucho del mundo